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Calma Frenesí

Documento audiovisual realizado en Cali, Colombia que recoge varias impresiones sobre el problema del reconocimiento cultural y el recorrido contradictorio de los sentimientos de pertenencia en los espacios urbanos sobre la perspectiva indigenista. Aborda las reflexiones que sobre el carácter indígena expresan la distancia y la cercanía con la idea de una integración de las cosmovisiones y su importancia para la sociedad, y recoge las conclusiones personales que cada punto de vista emite con relación a las proyecciones de un entendimiento intercultural.

“Hemos sido una cultura poco enseñada a tratar críticamente los aspectos de la realidad, la diseñada y la interpretada; la nutrida de insurgencias vagabundas y la encuadrada en formas ideológicas sedentarias; las típicas maneras de enrostrar lo que acontece y la fantasmagoría de las elucubraciones inmortales. Pero nos resistimos a ello como nos resistimos a la transmigración de los sentidos por las recónditas ensoñaciones que provoca ser poseedor de una tradición robusta de la cual sentirse orgulloso. No somos precisamente una cultura con tradición identitaria, más allá de ciertos aspectos de naturaleza turística. En nosotros, como pertenecientes a poblaciones donde lo holístico se ha encaminado hacia los derroteros de la dominación y el abuso de los artilugios publicitarios, la reflexión ha pasado a colarse por el cedazo del hambre, no sólo en el sentido físico de la palabra, constituyéndose en un paradigma duro de superar”.

Tema: DIREITOS HUMANOS

Tags: colombia, Cosmovisión, cultura, identidad, indígena, Interculturalidad, Pertenencia, Reconocimiento

FICHA TÉCNICA

País: Colombia

Duração: 37'

Diretor: http://cinecuanonfilms.blogspot.com/

Produtor: Adriana Villamizar

Ano: 2011

Montagem: Alberto Castellanos/Adriana Villamizar

Som Direto: Alberto Castellanos

Fotografia: Alberto Castellanos/Adriana Villamizar

Trilha: Vientos de tierra de vientos, comunidad jamendo

Filmografia do Diretor:
La Voz Que Sueña (Retrato 2009, 6'01")
A veces la vida debe ser asumida por una suerte de optimismo proactivo, de ese que descubre una causa y decide no soltarla, de ese que es capaz de ver lo que no está bien y se pone a hacer algo al respecto.

Lo Que me Vayan a Dar… (Ficción, 2009, 3'32")
El despliegue de una fase de restauración que afectó parte del mundo del cine en BN, desde una perspectiva pixélica. Con música de Louis Armstrong.

Duda Jurídica (Ficción, 2009, 5'34")
Una apreciación crítica escondida bajo el “ensamblaje” de los prejuicios que hemos heredado a través de los medios, representación cínica de la indumentaria gubernamental.

EL FIN (Ficción, 2010, 2'46")
Fresca adaptación de un memorable cuento de Borges, el clave de filminuto.

La Condición (Ficción, 2010, 15'50")
Una delicada historia de mundanos infortunios a flor de piel... un tono urbano contemporáneo y las exclusas heredadas de las generaciones perdidas. Dos personajes se encontrarán para vivir un rito iniciático por las calles de una ciudad solitaria que marcará sus destinos en una noche.

LUMINARIAS (Ensayo documental, 2011, 14'06")
Documento audiovisual que recoge las memorias de una iniciativa de corte ambiental, pensando en el uso de las tecnologías y el aprovechamiento racional de los recursos.

5Ritmos (Registro documental, 2011, 8'34")
Expresión de la corporeidad y técnicas de danza rítmica con adultos mayores en situación de desplazamiento.

Calma Frenesí (Ensayo documental, 2011, 37'29")
Documento audiovisual realizado en Cali, Colombia que recoge varias impresiones sobre el problema del reconocimiento cultural y el recorrido contradictorio de los sentimientos de pertenencia en los espacios urbanos sobre la perspectiva indigenista.


Comentário do Diretor: Culturas enteras confiaron en el poder de cohesión de los relatos. Se piensa que en los relatos, tomados como formas de representación de la realidad, hay todo un espectro de posibilidades que permitirían encontrar variables de identidad. Algunas recopilaciones de relatos, consideradas artesanales en algún momento, han alcanzado por razones de sentido enmarañado e inteligente, el estatus de arte, de carácter valioso, gracias no tanto a la importancia o la habilidad de los recopiladores, sino más bien a los maravillosos mundos que se suelen encontrar en ellos.

Opinar con juicio no es otra cosa que un intento por acercarse a la comprensión del ser humano contemporáneo a la consideración. Hay vicisitudes que repercuten tal vez con demasiada ligereza y hay que hablar sobre ellas, sobre los afanes y demandas de atención que las suplencias de diversa índole, que obedecen al impulso de relegar al ser humano, que de verdad importa, a posiciones e integridades secundarias llanamente artificiales, volcando (más bien desperdiciando) la preciosa energía consumida en la atención y la contemplación, sobre las enormes pirámides insustanciales conque los medios inundan y atontan el orbe cotidiano. Por suerte existen corrientes dispuestas a recordarnos, de manera permanente, los aspectos sustanciales y el cúmulo de complejidades que integran la existencia.

De vez en cuando y cada cierto tiempo, en las fronteras del mundo que resultan siendo nosotros mismos, en otros cuerpos que llevamos a sus límites, que nos llevan a los nuestros, surgen impresiones y creencias, intenciones e inquietudes, formas de interpretar el mundo, los mundos posibles, ritmos extraños que buscan compartir su armonía. A veces la vida debe ser asumida por una suerte de optimismo proactivo, de ese que es capaz de descubrir una causa y no soltarla, de ese que es capaz de mostrar lo que está bien y lo que no, con minuciosidad, bajo esquemas y rótulos de censura milimétrica, palmo a palmo, poro a poro, intersticio tras intersticio. En dichas expresiones de librepensamiento se llega muchas veces a tener bastante claro el significado de la palabra compromiso, hay que tener una ruta de escape o ser lo suficientemente dialéctico, los argumentos destacaban por su parquedad: “Tienes que entender que estamos de paso, ¿bien?, para que esto funcione, de lo contrario media vuelta bastará” Eso suele ser suficiente y es el camino que prefiero.

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  1. Alberto Castellanos disse:

    CADA cierto tiempo o en determinadas circunstancias hay que hacer una definición de la sociedad. Se hace necesario siempre que se pretende intentar un nuevo proceso, acuñar una definición que nos haga familiares ciertas particularidades de eso llamado sociedad. No es solo para entenderla y tratar de asimilar sus maneras, sino también para transformarla de manera efectiva. A veces, al hacerlo, se corre el riesgo de restringir demasiadas cosas, de aportar –podría decirse- a la construcción de una nueva excusa con la cual acusarla de algo. Pero bueno, habría que considerar que al a acusar también se tiene la oportunidad de entender y que en algún momento de esa aparente contradicción, se suele redefinir la lucha de la vida, una intervención en el mundo en la que los obstáculos, la mayoría de las veces, están representados por otras personas: “La lucha por la supervivencia”.

    En muchas ocasiones el desenvolvimiento apriorístico de los juicios masificados ha extendido la idea de que buena parte de la insensibilidad social y el estancamiento cultural de América, obedecería a ciertos hábitos, costumbres y prejuicios arraigados en las formas de enseñanza y transmisión de los cánones identitarios. Sin llegar a considerar esta especulación con seriedad, lo cierto es que una costumbre de esta naturaleza sería una actividad bastante ajena al despliegue creativo.

    Ahora bien, nuestras mas gruesas nociones sobre eso que generalmente suele llamarse educación (que no está relacionada con las diversas manifestaciones a través de las cuales se constituye esa antigua práctica, ni con las formas malintencionadas o desprovistas de aptitud que lamentablemente cualifican esta potencia social) emparenta apresuradamente el mundo de las definiciones con el aprendizaje. Las definiciones suelen establecerse en relación con un interés transitorio, son un punto de partida en un juego de intereses, mientras que la educación es un conflicto en el que priman los conceptos que, si bien parecen definiciones, son establecidos bajo la premisa de ser verificables por puntos de vista más o menos objetivos o considerados como tales. Una definición, por tanto, al menos en principio, representa una determinada subjetividad.

    Podría decirse de otra manera: Una definición se establece. (Transitoria o no. Puede que se convierta en un concepto). Pero el proceso del conocimiento no está ahí; el conocimiento, por así decirlo, está en el trabajo que significó construir esa definición, en el saber implícito y en las maneras de usar ese saber, en la relación de herramientas y elementos involucrados. Por lo cual se establece que el mundo del aprendizaje es un mundo de relaciones sociales que están restringidas, de alguna manera, por una determinada pretensión de objetividad (con todo lo que ello puede implicar, además de las arbitrariedades dogmáticas, ideológicas y académicas que, por otro lado, se encuentran en todas partes). Ahora bien, pienso en ello porque en los ambientes que suelen considerarse de aprendizaje, las que priman son las definiciones. Imagino como ocurre. Varias razones empiezan a definirse:

    Funciona sin que nos demos conscientemente cuenta de ello, al menos la mayoría de las ocasiones. Solemos considerar algunas de nuestras luchas a favor de otros -este es un prejuicio bastante extendido y curiosamente ha sido difundido entre pensamientos que se consideraban opuestos-. Aprendemos a reprimir lo que nos resulta desagradable (“…el sistema que caracteriza los aspectos generales de la movilidad social en las principales ciudades de este continente, está estructurado para invertir un porcentaje de los recaudos en el desarrollo de las poblaciones más necesitadas, inestables y vulnerables…”). Todavía fuerte, cuenta la influencia religiosa que condensa este tipo de discurso práctico en la moral que utiliza. Algunas costumbres, quizás más antiguas que todo eso, velan por la permanencia de ciertas formas de amparo mediante el uso y la promoción cultural de hacer favores.

    Pero lo que se esconde entre las relaciones sociales, lo que se disimula con la difusión de discursos de naturaleza conciliatoria, es una apasionada lucha contra otros que están ineludiblemente en el camino. No diré que la lucha sea inconveniente para la estabilidad social (la estabilidad social es una ilusión que en la mayoría de los casos depende de ella) sólo que desde algunos sectores dominantes se tiene la tendencia a disimularla, haciendo uso de estrategias que podrían ser consideradas como montajes de publicidad de un orden social determinado. En esta lucha disimulada los efectos suelen pasar desapercibidos, como si fueran invisibles. El salvoconducto “…invertir un porcentaje de los recaudos en el desarrollo de las poblaciones más necesitadas, inestables y vulnerables” funciona bastante bien.

    A decir verdad, no rueda literalmente por el suelo la cabeza de alguien cuando otro avanza; pero sí se ponen en juego los factores que pueden afectar la estabilidad –por no decir la identificabilidad- de los Derechos Humanos, estableciendo una distribución de fuerzas desfavorable para algunos conglomerados y poblaciones. Este tipo de lucha está presente en nuestro lenguaje cotidiano. Cuando los encuentros sociales no se dan a través de formas culturales sino en formas de choque a la vez violento y disimulado (no que una cosa excluya a la otra necesariamente), las fuerzas en contraposición plantean el supuesto de estar luchando por los derechos que les corresponden, y cada parte puede plantear lo mismo, aunque cada cual con un lenguaje y puntos de vista distintos: Derechos inalienables inherentes a su óptimo desarrollo como conglomerado o comunidad. Entender al otro en términos de lo que puedan constituir sus formas culturales es una posición privilegiada de nuestra situación contemporánea, no del todo ilusoria si se quiere pero muy difícil en condiciones reales.

    De esa especie de amalgama que queda del contacto cultural se suelen extraer aspectos con algún grado de valor, aspectos condicionados por la acción social de los valores. Muchos de esos aspectos integran los impulsos de mostrar o esconder los sentimientos. Considero importante mencionar esto porque la lucha por los Derechos Humanos ha estado marcada por poderosos sentimientos, expuestos, inhibidos o simulados, algunos de ellos incluso ridículos pero no por ello menos fuertes. Uno de ellos se ha manifestado a través de la empatía con las necesidades básicas. Se puede pensar en otros principios como el tejido permanente de un orden y el establecimiento institucional de formas de organización que respalden a ciertas generaciones o clases, sin descuidar otras, etc. Sin embargo considero que es interesante enfocar los sentimientos que podrían motivar, en algún momento, el discurso de la lucha por los Derechos Humanos.

    Algunas veces la generalización clásica de la supuesta idea occidental de progreso, ha sido contrastada con la idea de enmendar un daño o despojo. Algunas de las luchas sociales se enmarcan en premisas similares. La lucha por los Derechos Humanos se traduce, de esta manera, en corregir las posturas que privaron a determinados sectores de “cosas” a las que tenían derecho y jamás disfrutaron, y de esta manera evitar que continúe sucediendo. En la práctica el asunto funciona más bien al revés. Cuando ciertos sectores comienzan a disfrutar de “las cosas” a las que por derecho todos deben acceder (bienes que representan necesidades básicas, que complementan las dimensiones de determinados sentimientos o estados de carencia), las posturas comienzan a cambiar. Generalmente la transformación de las posturas como un programa de corte pionero, establecido mediante la argumentación de posturas teóricas, sin una intervención representativa, es una estrategia a ciegas o un despliegue de estrategias a ciegas.

    Pero bien, lo que nos interesa es entender y generar transformaciones sociales, movimientos que permitan orientar la mirada hacia la problemática de satisfacer la capacidad de integrarse al proceso de intervención social. Por un lado, considero que en América la ilusión de libertad, democracia y expresión disminuye notablemente el aliento crítico del concepto de Derechos Humanos, convirtiéndolo, de alguna manera, en un rótulo o etiqueta que se usa para justificar casi cualquier cosa, desde anhelos personales hasta intereses particulares de grupos. Es de uso común en el lenguaje político de todos los días, se hace espectáculo de la llamada Lucha por los Derechos Humanos. A largo plazo, la indiferencia, la desconfianza y el nihilismo suelen ser reacciones ante la acostumbrada ineficiencia de los discursos sin sustento práctico.

    Otra cosa que suele verse con dificultad es que así como escasean gestos representativos del desarrollo político, económico e industrial, también escasean los gestos representativos de la integración educativa y cultural de la sociedad con esos entornos. Los actos creativos en las sociedades contemporáneas, en un nivel que permita el despliegue de los lenguajes y la participación activa de las personas en su reformulación y apropiación, si contemplamos el grueso de la población, son todavía sumamente raros, particulares o se encuentran en peligro de extinción. El grueso de la población, aislada en deberes haceres y lugares comunes ha quedado limitado a la reproducción de algunos gestos cómodos, con los que se suele simular la representatividad.

    Cada entorno social y espacio donde las conductas se desenvuelven y difuminan en actos, provocando comportamientos y formas de relación general y relativamente identificables, tienen sus propias imposibilidades mentales, las cuales obedecen a lógicas de procedimiento inherentes. Estas lógicas de procedimiento tienen una cara interna que suele desconocerse o ignorarse voluntariamente, y que está representada por una coherencia que se mantiene durante cierto tiempo y que suele ser común a toda una sociedad, la cara interna de un metalenguaje. No obstante estar presente en la dimensión de la relación, esta representación pasa desapercibida, como ya mencioné, probablemente por dos razones: Se expresa intuitivamente, a través de maneras que se han interiorizado, volviéndose imperceptibles, y se encuentra enclavada en el terreno de lo inconsciente, mas precisamente del inconsciente colectivo. Un sistema, pues, generado al interior de una cultura.

    Si se confía un poco en esa suposición, se podría considerar la posibilidad de que los actos creativos en las sociedades contemporáneas, tengan una alta dosis de manufactura inconsciente. Que puedan verse afectados por la esfera de lo invisible; que parte de su constitución esté condicionada por las inhibiciones y los impulsos inconscientes, y también por las imposibilidades mentales de los entornos en los que se conformen o perfilen. Y sin embargo, si lo consideramos, es ese proceso uno de los que más impulsa el desenvolvimiento de las sociedades hacia el sentido de los Derechos Humanos, sentido de construir y proteger los escenarios y posibilidades para que las personas, donde quiera se encuentren, sean valoradas y puedan disfrutar de espacios de enriquecimiento cultural, expresión crítica, intervención artística, producción y adquisición de cultura, confrontación con el pensamiento y despliegue de la imaginación.

    Y no que simplemente sea la masa atomizada, cargada de responsabilidades insulsas, cuyo sentido inmediato y posterior es el de producir y adquirir cosas, marcas e imaginarios prototípicamente mercantilistas y superficializados. Podría aventurarme a decir, a riesgo de ser utópico, que quizá la única manera de salir del mierdero en que nos encontramos es creando y estableciendo dinámicas de reconstrucción del pensamiento, de ese pensamiento condicionado con cierta dosis de conciencia y un enfoque fuerte de dinamización cultural, exigente de coherencia comunicativa, que posibilite el fortalecimiento de la confianza en la vida social y permita el acceso a visiones críticas y amplitud de horizontes, a través de lo cual las personas puedan observarse sin esconder, negar o disfrazar lo que son.

    Ahora bien, una de las tendencias más fuertes en nuestra sociedad –debería decir más bien, en la referencia documental del entorno donde se contextualizó la amalgama de opiniones, que se configuraron para representar la idea de eso que yo ahora llamo nuestra sociedad- ha sido la de olvidar y esconder ciertas cosas; algunos dirían: talento para disimular; otros han acusado: no llamar las cosas por su nombre. Como sea, hasta nuestra Historia (escrita, memorizada, declamada) conserva esa pretensión, ya que también la Historia es afectada por los conflictos de intereses del contexto en el que se tiene que desenvolver y aplicar.

    En el pasado la premisa era que, en la construcción de una identidad dominante, para las regiones~estados que se hicieron a base de injusticias y excesos contra las poblaciones que interferían con los intereses ideológicos –para nuestro caso- del llamado “proceso de civilización”, la hipocresía ha sido un ingrediente necesario, casi un precepto; pues ¿quien podría vivir tranquilo y orgulloso de sus orígenes si realmente pesara sobre los hombros –digamos- una nacionalidad que acarreara con actos vergonzosos, corruptos y nauseabundos, atentando cotidianamente contra la escenografía moral y amenazando la frágil tranquilidad y, en este caso, el amor patrio?

    Claro, se dirá que ahora se tiene conciencia de todo eso, que hay, sin embargo, que hacer énfasis en “lo positivo”; pero lo cierto es que la Historia, al menos la nuestra, se ha visto afectada por distinciones subjetivistas, discriminaciones convenientes y omisiones autoritarias. En términos de legitimidad, este es un problema reciente y antiguo al mismo tiempo. Es saludable mentirnos, ocultar, negar lo que nos estorba; esa es la sugerencia casi permanente, al menos en los primeros años de vida, cuando hacen presencia los dogmas institucionales pragmáticos, permeados en algunos procesos educacionales, característicos de esa visión historicista entumecida por anquilosadas versiones patrióticas. Pero ¿es saludable para quien? Y ¿si lo que nos estorba, si lo que queremos ocultar, si eso que fingimos no ver incluye a otras personas, sus dificultades y formas culturales propias?

    Muchas personas y formas culturales definidas, ya han tenido que pasar de estar en un mundo hecho, en su mayor contexto, para ciertas medidas y modos de hacer. Si bien esta situación comienza a dar un giro, para aquellas personas que no disponen de medios viables para instalarse e integrarse funcionalmente en una sociedad, convencionalmente modulada por prejuicios normativos típicos, gran parte de ese mundo cuasicompartido se presenta como una contradicción, en la que social, cultural e incluso ideológicamente se evade la responsabilidad del reconocimiento y, al mismo tiempo, se presume de reconocer las características de una supuesta riqueza plural. La construcción de una imagen, si no falsa incompleta, y es ese hecho el que me hace relacionar las características de un esfuerzo constructor de Historia, basado en incorrectas definiciones metodológicas.

    Estas realidades no se cuestionan suficientemente en una sociedad atascada en responsabilidades y obligaciones vertiginosas, convergentes en la poderosa dinámica de desarrollo de la era contemporánea, establecida como impulso incontrolado de consumo y producción. Y no se hace, en su mayor medida, por física falta de creatividad, por aburrición, por imposibilidad o desgano de proyección, por miopía ante las posibilidades de construir un plausible futuro. Porque la imaginación que cae en desuso se pudre y la creatividad que no es motivada se convierte en enajenación, acriticidad y desinteracción social y cultural, para no hablar de lo espiritual (llamado ahora inconsciente según Borges) que, si existe –y para muchos todavía existe- puede verse alterado.

    Así pues, uno de los grandes inconvenientes de nuestra sociedad y de muchas otras, con seguridad, es la ausencia de estímulos a la creatividad, la de-construcción de una cultura cuestionadora, el desensamble de los actos imaginativos que pongan en evidencia la necesidad de pensar y crear, la necesidad de construir pensamiento y, además, intenciones para proyectar el futuro ó las ganas de construir en el mundo un mundo más inspirador. La creatividad pierde ese puesto especial y se anuncia desde los escenarios como una especie de cualidad profesionalizada. Las relaciones humanas han caído en desuso y escepticismo, en ocasiones en fenómenos de rebelión o pasividad frente a los acontecimientos, dos polos en este caso no tan opuestos, ya que hacen parte de la misma ruptura con la realidad que afecta a unas generaciones a las que no se les revela un futuro atrayente o fascinante sino aburrido, letalmente rutinario.

    Curiosamente el reflejo de desgano en las actitudes contemporáneas, principalmente entre los jóvenes (la población carne de cañón del sistema) ante un mundo y su futuro que no provoca más que desconfianza, náuseas y desinterés, no afecta a todos. Este sentido poco explorado tiene que ver irónicamente con aquellas personas que no hacen parte de la sociedad, que están aisladas, que no constituyen un papel activo, que se encuentran en la periferia, aunque no por voluntad propia, en dos palabras: los marginados.

    Ahora bien, en el mundo los escenarios de la confrontación social, cultural y ensoñadora de la realidad han coincidido de la manera más plural y fundamentada en la apertura hacia los otros a través del arte. Se ha llegado a decir incluso que todo es arte, más precisamente que todo es susceptible de ser leído en clave artística. El Arte revalúa las acciones, tiene el poder de reconstruir creativamente los hechos, permitiendo instalar una visión crítica de la realidad (o mejor, de las realidades) y alternativas de comunicación, dentro de las cuales la búsqueda del otro y de sus vivencias reivindica no sólo la posición de la lucha por los Derechos Humanos, sino también el esfuerzo de vivir en sociedad como forma de buscarnos y no como mera producción y consumo de marcas y modelos de conducta.

    Pensar en el otro como una extraordinaria forma de comunicación y reconocimiento no es pensar en él como una solución a algo, es simplemente concederle la posición social que lo vuelve una persona importante en la tarea de construir ciudad, ciudadanía y reflexión, una tarea que demanda muchos elementos creativos y una significativa participación del mayor número de pensamientos posibles. Además, si lo miramos con detenimiento, el arte es una manera de concebir la experiencia de la vida como un enigma que vincula a los otros y a su pensamiento y sensibilidad reflexiva. Es más, pensar en el arte como forma de comunicación y reconocimiento tiene todavía un valor adicional:

    Se ciñe a esas prácticas que son necesarias en todos, y por tanto se ubica en el campo de la accesibilidad, en la dimensión de lo cercano, lo íntimo, lo familiar, lo comunicante, lo que hacemos y somos.

    El arte se remite a la creación de nueva comunicación y reconocimiento. Esto es crucial porque, de alguna manera, a través de la puesta en práctica de la potencia creativa del arte (…Arte como potencia social de transformación cultural…), el arte mismo se rescata de esa acartonada visión de pedestal, de supuesta habilidad particular de una disciplina o persona talentosa, y se vincula con la necesidad contemporánea (también moderna) de desajustar los parámetros impuestos a la creatividad artística, identificándola de esa manera con el uso libre de los mecanismos de construcción o manufactura de una idea necesaria, utilitaria, provisional o la exposición de actividades reflexivas construidas, transformadas o modificadas alrededor de intentos permanentes de entender o expresar lo que no se entiende y simplemente se siente.

    En este punto hay que mencionar un detalle de inmensa importancia que, a mi juicio, tiene enormes implicancias en la construcción y gestión de proyectos de enfoque y carácter socioculturales. La necesidad de crear nueva comunicación, nuevas formas expresivas o de adaptar las que ya existen a las complejas problemáticas coyunturales que habitan las ciudades del siglo XXI, entendida como el deseo de trasmigrar la propia realidad superficial respecto al otro está, en circunstancia habituales, arraigada con más fuerza y provista de una representatividad mucho mayor en las personas arrinconadas socialmente por los diversos y ridículos esquemas de control.

    Nos encontramos anclados a la expresión de lo que sentimos o pensamos desde esos remotos tiempos llamados “La Antigüedad”, y ello enriquece nuestro mundo en cantidades y cualidades insospechadas, aunque previsibles. Intuimos qué está en juego cuando alguien quiere expresarse. Y cuando no existe este recurso o se deja de lado por ceder a una “inevitable circunvolución de acontecimientos desaforados”, generalmente representativos de la misma superficialidad trivial llamada supervivencia moderna, la sociedad se sume en una indiferencia racional y meticulosa, catalizando fenómenos de pérdida de sentido que son usados, sin mucho éxito, para construir futuros precarios y tratar de redefinirse a sí misma; fenómenos que, si somos sensatos, fluctúan en función de esos encuentros en los que el reconocimiento humano, completo, integrador, libre depende, en una medida intransferible, de la capacidad activa para realizarlo.

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